Dopamina

Dopamina

2014-02-08 00.09.11

Todos los días eran igual. No había emoción, pero tampoco había desengaño. Eso me gustaba. Al fin y al cabo, qué es la vida sino rutina y desidia. Todo lo demás es publicidad. Un buen paisaje, con amigos sonrientes, gustosos cócteles y rodeados de chicas guapas. En Estados Unidos son los reyes. Pero todo el mundo debería ya saber que eso no es la realidad. Ni aunque fueras millonario lo sería. Porque si lo fueras, vendría alguien más listo y más hijo de puta que tú y te timaría quitándotelo todo; o más fácil aún, te enamorarías de alguna bella y sexual mujer y ella te quitaría todo. La gente como yo no estamos preparados para la verde felicidad. Lo único que es nuestro, desde que salimos asustados y ensangrentados del vientre de nuestra madre hasta que abandonamos nuestro cuerpo de la misma manera que vinimos a la vida, es el sufrimiento y la supervivencia. No hacemos otra cosa que sufrir y sobrevivir. Sufres por lo que te hacen, por tus errores, por tus aciertos cuando llevan tiempo sin aparecer, por lo que tuviste, por lo que tienes, por lo que nunca tendrás, por quién eres, por quién nunca serás, por la gente que has perdido, por la chica a la que no te has conseguido nunca follar, o por la maldita vez que la metiste donde ojalá nunca la hubieras metido. Y mientras, vas sobreviviendo a todo ello como puedes.

Yo, para ese tiempo, estaba desmadrado. Era mi cúspide vital. Me acostaba cuando tenía sueño, comía cuando tenía hambre, me levantaba cuando me daba la gana. Todo lo hacía sin ningún tipo de horario impositivo ni ninguna disciplina. Vivía lo más libre que podía. No dejaba que nadie ni nada me condicionara. Todas las persianas bajadas, telefonillo del timbre desconectado, teléfonos apagados, televisión desenchufada, lo mismo la radio y cualquier objeto que me pudiera acercar lo más mínimo a la realidad. Estaba extasiado. Había pasado por cosas para las que no estaba preparado. Necesitaba un respiro. Y así, alejado, me sentía bien. Llevaba catorce días en ese maravilloso estado, y tenía que empezar a pensar en volver. Tanto tiempo me había sentado muy bien. Escribiendo, bebiendo, fumando, leyendo. No necesitaba nada más. Pero no se vive del aire, y los pocos víveres de los que disponía al inicio habían desaparecido hace días. Necesitaba volver y buscar una forma para no tener que volver nunca más. Poder evadirme hasta mi último día. Ese era mi sueño. Había pensado mucho en ello, y se me ocurrió acercarme por “Caramelo W.”. Era ese sitio donde yo siempre encontraba lo que necesitaba, aún sin saber qué necesitaba. Cada uno de nosotros tenemos un lugar donde poder encontrarnos a nosotros mismos, donde encontrar ánimo o dónde poder desfogarnos con desconocidos, que quién sabe en qué se pueden acabar convirtiendo. Esos lugares son nuestras actuales catedrales. Allí expulsamos nuestros males, dejamos la vergüenza a un lado, y nos sentimos como en familia. Cada uno tiene el suyo propio. Para algunos siguen siendo templos religiosos, y para otros siguen siendo los lugares más fraternales y espirituales de la historia de la humanidad: los bares. Éste era mi templo, y todo templo representa a sus fieles. Era mugriento, a veces incluso maloliente (hasta el tercer cubata), sus camareros y dueños eran personas de difícil acceso y, a su vez, muy conocidas a primera vista. Y los clientes éramos hermanos con solo entrar allí. Y como bien saben los católicos, hay hermanos de dos tipos: Caín y Abel. Pues en este lugar nos juntábamos de todas las especies posibles, y eso era lo más bello. El éxtasis y la destrucción estaban a la misma distancia y tras caminar el mismo sendero. El desenlace solo dependía del momento. De lo más puro y visceral. Así es como uno se encontraba con Caines y Abeles al mismo tiempo. Y sobre todo, así es como uno se encontraba con uno mismo. Situación, en ocasiones, bastante dura y que necesitaba de un retiro espiritual. Ahí me encontraba yo, finalizando mi retiro voluntario y convencido de que el primer sitio al que tenía que acudir era el último donde estuve antes de mi encierro: “Caramelo W.”.

Llegué a las dos menos cuarto. La sensación al salir a la calle fue extraña. “Ojalá fuera siempre así” -fue lo primero que pensé-. Descubrías y disfrutabas de cosas en las cuales no te habías fijado nunca antes. Yo vivía cerca, pero el paseo, a falta de ser largo y tedioso, fue profundo y estimulante. Como siempre que camino por la ciudad, llevaba los auriculares haciendo la máxima presión posible sobre la membrana timpánica de ambos oídos medios y en ese momento era Chuck Berry quién disfrutaba de ejecutar dicho rito musical sobre mi alma. Llegué encendido y con ganas de revelaciones. Si no, ¿para qué coño iba a estar yo en ese maldito antro?

No había mucha gente, pero éramos suficientes. Vi al otro lado de la barra a una pelirroja que, aparentemente, estaba sola. Y estaba para un par de cosas más. Ese era mi nuevo objetivo vital. Llenar esa cueva rosada y jugosa con una de mis mejores mieles. Reserva del 85, ¿puede haber algo mejor? Ella nunca lo sabrá. Y todo gracias a los amigos. Para qué están si no es para hacerte la vida un poco más insufrible. Ahí llegó Daniel, en el momento más inoportuno y así desbarató una gran estrategia que había estado ideando a lo largo de dos whiskies con el único propósito de que ella dejara parte de la piel de sus rodillas en el suelo de mi dormitorio. Gracias a él no ocurrió.

– Dios -dije-. Dios mío.

– Dime – Dijo él, con su habitual pasotismo.

– ¿Has visto qué pedazo de mujer? -le pregunté asombrado, sin apartar la vista de mi sueño pelirrojo.

– Sí, no está mal. Pero ahora no tengo tiempo para esas cosas.

– ¿Hay mejor forma de aprovechar el tiempo que con esa voluptuosa compañía? -dije, sin comprender ni compartir su negativa.

– Pues sí, hay mejor forma -respondió oportunamente-.

Te he estado llamando últimamente para contártelo, pero estabas desconectado.

– Sí, me he aislado unos días por lo que pasó la última vez.

– Sí, sí. Ya me imaginaba -dijo, de manera cómplice.

– Bueno, tú dirás. ¿Qué es eso que me puede alegrar más que una noche con ella? -pregunté, sin apartar la mirada de los pechos de la susodicha, mientras esta desafiaba cualquier ley que defendiera el hecho de que esas maravillosas mamas no abandonaran sus nidos “push up”.

– Estos últimos días he estado trabajando sin pausa en la web y ya la he terminado. -comentó aliviado-

Se puede decir que es oficial: ¡Tengo una productora audiovisual!

– Joder, me alegro un montón por ti -dije cordialmente-. ¿Pero qué coño tiene que ver eso conmigo?

– Bueno, ya me ha salido el primer proyecto y puede que te interese -respondió, como si fuera él quien hacía el favor en vez de pedirlo.

– Cuenta, cuenta. Peor ya no puede ir nada esta noche -dije de manera dramática mientras veía como mi deseo se iba del brazo de otro por la puerta.

– Ala venga, flipado -dijo burlonamente-, ¿en serio creías tener alguna oportunidad con ella?

– Más de las que tienes tú conmigo -le respondí desafiante.

– No dirás lo mismo cuando te lo haya contado -dijo muy seguro de su mierda.

– Vamos a pedir otra y me cuentas -sentencié resignado.

(…Continuará)

J.R.
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J.R.

Colaborador at Miaudiovisual
Aportando sus conocimientos en Marketing, Publicidad y su experiencia como guionista se une al equipo de MIAU. Iconoclasta y fanático del cine y la música; es considerado como el Phil Lynott de la literatura. Excéntrico, soñador y sintiéndose cómodo en el descontrol, nos acerca a través de su tinta al mundo de los audiovisuales como nunca antes te hubieras imaginado vivirlo.
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By | 2016-10-14T05:30:51+00:00 16 Agosto, 2015|Ficción, Realismo sucio|0 Comments

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